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martes, 8 de septiembre de 2020

Mi tesoro y una web

Los tres títulos originales de la saga

 No sé si con este título me descubro ya como lectora de Tolkien. Lo soy, lo fui, en una etapa poco típica. No de adolescente, no de jovenzuela, sino al acabar mi tesis doctoral (qué agotamiento aquel...); al calor de las películas de Peter Jackson, me leí la serie de libros de El señor de los anillos. Y sí que me perdí a veces, pero hasta me gustó enredarme en ese mundo de sagas y pueblos. Luego conocí el mundo cotidiano de Tolkien: su college en Oxford, Merton, es precioso y recomiendo visitarlo para entender cómo surgen algunas de las escenas medievalizantes de El señor de los anillos. El caso es que "mi tesoro" es lo que en la película dice del anillo uno de los personajes, Gollum; tal frase era en la mayoría de las traducciones antiguas "mi precioso" (my precious..). ¿Por qué hablo hoy de tesoros? Veamos...

Este verano heredé en El País la columna semanal de Pepa Bueno y la dediqué a escribir una serie sobre los pecados, la lengua y nuestra realidad sociopolítica (se puede leer aquí) y uno de los pecados, la avaricia, lo dediqué a un tesoro romano localizado en Sevilla: el tesoro de Tomares. Documentándome sobre él, llegué a esta página del Ministerio de Cultura español que recomiendo muchísimo. Se llama Tesauros del Patrimonio Cultural de España y reúne léxico antiguo especializado de historia de la numismática, las técnicas de construcción, la cerámica, el mobiliario... ¿Quieres saber qué es la gutapercha, qué fue la moneda forera y encontrar muestras arqueológicas españolas de todos esos términos? Pincha aquí: 

http://tesauros.mecd.es/tesauros/tesauros

La página es una buena muestra de cómo los organismos pueden hacer ciencia y difundir el conocimiento generado por los especialistas. Tomo nota, tomo nota.   

  

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Los tres títulos originales de la saga

 No sé si con este título me descubro ya como lectora de Tolkien. Lo soy, lo fui, en una etapa poco típica. No de adolescente, no de jovenzuela, sino al acabar mi tesis doctoral (qué agotamiento aquel...); al calor de las películas de Peter Jackson, me leí la serie de libros de El señor de los anillos. Y sí que me perdí a veces, pero hasta me gustó enredarme en ese mundo de sagas y pueblos. Luego conocí el mundo cotidiano de Tolkien: su college en Oxford, Merton, es precioso y recomiendo visitarlo para entender cómo surgen algunas de las escenas medievalizantes de El señor de los anillos. El caso es que "mi tesoro" es lo que en la película dice del anillo uno de los personajes, Gollum; tal frase era en la mayoría de las traducciones antiguas "mi precioso" (my precious..). ¿Por qué hablo hoy de tesoros? Veamos...

Este verano heredé en El País la columna semanal de Pepa Bueno y la dediqué a escribir una serie sobre los pecados, la lengua y nuestra realidad sociopolítica (se puede leer aquí) y uno de los pecados, la avaricia, lo dediqué a un tesoro romano localizado en Sevilla: el tesoro de Tomares. Documentándome sobre él, llegué a esta página del Ministerio de Cultura español que recomiendo muchísimo. Se llama Tesauros del Patrimonio Cultural de España y reúne léxico antiguo especializado de historia de la numismática, las técnicas de construcción, la cerámica, el mobiliario... ¿Quieres saber qué es la gutapercha, qué fue la moneda forera y encontrar muestras arqueológicas españolas de todos esos términos? Pincha aquí: 

http://tesauros.mecd.es/tesauros/tesauros

La página es una buena muestra de cómo los organismos pueden hacer ciencia y difundir el conocimiento generado por los especialistas. Tomo nota, tomo nota.   

  

viernes, 4 de enero de 2019

Jugando al golf con doña Emilia


No está entre mis propósitos de 2019 aprender a jugar al golf. Me reconozco incapaz de ejercer la clase de paciencia necesaria para ese deporte y soy capaz de visualizarme estrellando el palo contra el césped. Sí, en cambio, trataré en este año que empieza de contar por aquí algunas de las claves lingüísticas que encuentro en las lecturas que hago por mero placer. Y aquí va la primera.
Estas Navidades me ha acompañado el libro El encaje roto. Antología de cuentos de violencia contra las mujeres; se trata de una buena recopilación de cuentos de Emilia Pardo Bazán (1851-1921) editada por la profesora Cristina Patiño Eirín en Contraseña editorial. El subtítulo de este libro no agrupa a todos los cuentos que se incluyen (hay también violencia de las mujeres pero sobre todo hay prejuicios contra las mujeres), pero en cualquier caso, El encaje roto es como antología una buenísima representación de Pardo Bazán como cuentista, con los motivos costumbristas esperables de su tiempo, pero también con un retrato completo de todos los tipos de mujer que se podía uno encontrar en el siglo XIX: la fiel esposa, la amante, la gitana, la letrada, la estéril, la discapacitada, la aprovechada, la sometida...  
En esa recopilación me he topado con algunas palabras que no conocía, sorpresa agradabilísima que da lugar a que una se distraiga de la lectura, cotillee sobre la voz en cuestión y termine tardando más de la cuenta en terminar un libro.
Si os hablo de un juego que consiste en un palo con terminación curva con el que se desplaza una pelota para que entre en un agujero que se ha hecho previamente... todos pensáis en golf. Pues bien, antes de que ese deporte de inspiración británica se extendiese por España, muchos de nuestros antepasados pensarían en el juego popular de la CACHAVA. Es una de las palabras que he aprendido dentro de este libro. Una cachava es un cayado o bastón con final curva pero también, oh sorpresa, era un juego que desde  principios del siglo XX (o sea, en la propia época de doña Emilia) y en su versión más técnica y profesional llamamos golf. Me imagino los anuncios de las promociones urbanísticas si los redactásemos con la vieja palabra: preciosas villas de lujo con vistas al césped de un imponente campo de cachavas. En fin, que ni el golf es nuevo ni Pardo Bazán antigua. 
Me alegrará que nos sigamos leyendo por aquí cada viernes de 2019.

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No está entre mis propósitos de 2019 aprender a jugar al golf. Me reconozco incapaz de ejercer la clase de paciencia necesaria para ese deporte y soy capaz de visualizarme estrellando el palo contra el césped. Sí, en cambio, trataré en este año que empieza de contar por aquí algunas de las claves lingüísticas que encuentro en las lecturas que hago por mero placer. Y aquí va la primera.
Estas Navidades me ha acompañado el libro El encaje roto. Antología de cuentos de violencia contra las mujeres; se trata de una buena recopilación de cuentos de Emilia Pardo Bazán (1851-1921) editada por la profesora Cristina Patiño Eirín en Contraseña editorial. El subtítulo de este libro no agrupa a todos los cuentos que se incluyen (hay también violencia de las mujeres pero sobre todo hay prejuicios contra las mujeres), pero en cualquier caso, El encaje roto es como antología una buenísima representación de Pardo Bazán como cuentista, con los motivos costumbristas esperables de su tiempo, pero también con un retrato completo de todos los tipos de mujer que se podía uno encontrar en el siglo XIX: la fiel esposa, la amante, la gitana, la letrada, la estéril, la discapacitada, la aprovechada, la sometida...  
En esa recopilación me he topado con algunas palabras que no conocía, sorpresa agradabilísima que da lugar a que una se distraiga de la lectura, cotillee sobre la voz en cuestión y termine tardando más de la cuenta en terminar un libro.
Si os hablo de un juego que consiste en un palo con terminación curva con el que se desplaza una pelota para que entre en un agujero que se ha hecho previamente... todos pensáis en golf. Pues bien, antes de que ese deporte de inspiración británica se extendiese por España, muchos de nuestros antepasados pensarían en el juego popular de la CACHAVA. Es una de las palabras que he aprendido dentro de este libro. Una cachava es un cayado o bastón con final curva pero también, oh sorpresa, era un juego que desde  principios del siglo XX (o sea, en la propia época de doña Emilia) y en su versión más técnica y profesional llamamos golf. Me imagino los anuncios de las promociones urbanísticas si los redactásemos con la vieja palabra: preciosas villas de lujo con vistas al césped de un imponente campo de cachavas. En fin, que ni el golf es nuevo ni Pardo Bazán antigua. 
Me alegrará que nos sigamos leyendo por aquí cada viernes de 2019.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Así me visto

Cada mes de diciembre la Fundéu elige una palabra del año. La de 2017 es aporofobia o repulsión a los pobres. Pero ¿cuál es la palabra del año de cada uno? ¿Enfermedad, nacimiento, máster, mudanza, boda, superación...? Con el escenario de fondo de los informativos de los medios de comunicación, nuestras propias noticias se ponen en primer plano siempre, se hacen con su sitio, nos llenan con sus palabras. Nos ocupan tanto que es normal que pidamos no me digas más esa palabra, no quiero oírla más, si es un mal diagnóstico; o, al contrario, que nos acaricien de tal forma que en silencio y a solas repitamos para nuestros adentros las palabras que nos hacen felices: se acabó o lo conseguí o por fin... ¿No os ha pasado?
Claro que pasar del 31 de diciembre de 2017 al 1 de enero de 2018 no modifica nuestras noticias, no sustituye ni releva de nuestro diccionario personal palabra alguna. Pero sí nos invita a pensar con qué palabras nos hemos vestido en este año, cómo nos hemos sentido con ese atuendo lingüístico; cuáles deberíamos empezar a dejar en el armario y qué otras deberían salir con nosotros a pasear este pimpante 2018 que estrenamos.
Entre las palabras que me abrigan, espero que siga viniéndose conmigo cada mañana la palabra lector. Porque yo tengo el orgullo de tener alumnos y de tener lectores: desde 2009 los de este blog, que son los más fieles, y tras ellos los de mis libros y los de los medios de comunicación. Y son un atavío la mar de agradable: los lectores me escriben, me cuentan cosas lingüísticas, felicitan las fiestas y se acuerdan de mí; los hay críticos, pero educadísimos. Lector es una de mis palabras de 2017 y lo seguirá siendo, espero, en 2018. Eso depende de vosotros, los que estáis al otro lado.

Feliz 2018 desde Nosolodeyod.
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Cada mes de diciembre la Fundéu elige una palabra del año. La de 2017 es aporofobia o repulsión a los pobres. Pero ¿cuál es la palabra del año de cada uno? ¿Enfermedad, nacimiento, máster, mudanza, boda, superación...? Con el escenario de fondo de los informativos de los medios de comunicación, nuestras propias noticias se ponen en primer plano siempre, se hacen con su sitio, nos llenan con sus palabras. Nos ocupan tanto que es normal que pidamos no me digas más esa palabra, no quiero oírla más, si es un mal diagnóstico; o, al contrario, que nos acaricien de tal forma que en silencio y a solas repitamos para nuestros adentros las palabras que nos hacen felices: se acabó o lo conseguí o por fin... ¿No os ha pasado?
Claro que pasar del 31 de diciembre de 2017 al 1 de enero de 2018 no modifica nuestras noticias, no sustituye ni releva de nuestro diccionario personal palabra alguna. Pero sí nos invita a pensar con qué palabras nos hemos vestido en este año, cómo nos hemos sentido con ese atuendo lingüístico; cuáles deberíamos empezar a dejar en el armario y qué otras deberían salir con nosotros a pasear este pimpante 2018 que estrenamos.
Entre las palabras que me abrigan, espero que siga viniéndose conmigo cada mañana la palabra lector. Porque yo tengo el orgullo de tener alumnos y de tener lectores: desde 2009 los de este blog, que son los más fieles, y tras ellos los de mis libros y los de los medios de comunicación. Y son un atavío la mar de agradable: los lectores me escriben, me cuentan cosas lingüísticas, felicitan las fiestas y se acuerdan de mí; los hay críticos, pero educadísimos. Lector es una de mis palabras de 2017 y lo seguirá siendo, espero, en 2018. Eso depende de vosotros, los que estáis al otro lado.

Feliz 2018 desde Nosolodeyod.

jueves, 26 de enero de 2017

Donald Trump y otras once greguerías lingüísticas

1. Donald Trump sueña en español.
2. Afonía: cuando el cantante argentino llegó a España se quedó sin vos.
3. Ejemplo de presente: Te doy un regalo.
4. Corchete: paréntesis que se ha puesto cuadrado.
5. La palabra demodé está pasada de moda.
6. La palabra esdrújula es esdrújula.
7. Los que odian las cuentas suelen amar los cuentos.
8. Viajar a La Coruña era más fácil que viajar a A Coruña.
9. La dije cuatro cosas y ella me llamó laísta.
10. La palabra grande es más chica que pequeño.
11. Partir un año en meses es hacerlo añicos.
12. Las mujeres inteligentes se ponen camisas de listas.
(¿Cuál de las doce os gusta más?)
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1. Donald Trump sueña en español.
2. Afonía: cuando el cantante argentino llegó a España se quedó sin vos.
3. Ejemplo de presente: Te doy un regalo.
4. Corchete: paréntesis que se ha puesto cuadrado.
5. La palabra demodé está pasada de moda.
6. La palabra esdrújula es esdrújula.
7. Los que odian las cuentas suelen amar los cuentos.
8. Viajar a La Coruña era más fácil que viajar a A Coruña.
9. La dije cuatro cosas y ella me llamó laísta.
10. La palabra grande es más chica que pequeño.
11. Partir un año en meses es hacerlo añicos.
12. Las mujeres inteligentes se ponen camisas de listas.
(¿Cuál de las doce os gusta más?)

jueves, 22 de septiembre de 2016

Camilo Sesto en la historia de la lengua española

Yo no lo entiendo, no sé por qué ha pasado, pero la culpa es solo mía y la asumo aquí y ahora, públicamente: Camilo Sesto aún no había salido en este blog.
Hoy es el día en que se subsana este error, esta desmemoria histórica. El 16 de septiembre Camilo cumplió 70 años. Y a mí, qué queréis que os diga, que me mola Camilo. No diré que me mola mazo, porque eso no se dice en Andalucía, pero sí que me gusta tela. Por eso, en homenaje a Camilo Sesto, hoy en Nosolodeyod hablamos de la palabra peluquín. Peluquín, claro, sale de peluca. Es su diminutivo y así se definía en el primer diccionario que sacó la Real Academia Española, en el siglo XVIII: "Peluquín: la pelúca pequeña y corta". Aunque lo mejor es la definición que daban en latín de tan simpático objeto: Parvum capillamentum adulterinum. 
Y peluca es una de esas palabras de etimología difícil, tal vez de raíz francesa perruquet (‘lorito’, por los funcionarios de justicia franceses, que llevaban pelucas y cuyo perfil se asemejaba al de estos pájaros); francesa fue también la moda que trajo ese invento a España.
¿Y qué me decís de la expresión ni hablar del peluquín? ¿Hay manera más castiza de decir que no a algo? Al parecer, la expresión circuló con gran éxito a partir de esta canción grabada por ¡Juanita Reina! ¡en 1942! (oídla pinchando en el vídeo) y compuesta por los mismos autores de Ojos verdes. La lengua de la España de la posguerra da para mucho, sí.
Feliz cumple a nuestro Camilo. Nos seguimos viendo por aquí cada jueves, porque de abandonar la lectura del blog... ni hablar del peluquín.
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Yo no lo entiendo, no sé por qué ha pasado, pero la culpa es solo mía y la asumo aquí y ahora, públicamente: Camilo Sesto aún no había salido en este blog.
Hoy es el día en que se subsana este error, esta desmemoria histórica. El 16 de septiembre Camilo cumplió 70 años. Y a mí, qué queréis que os diga, que me mola Camilo. No diré que me mola mazo, porque eso no se dice en Andalucía, pero sí que me gusta tela. Por eso, en homenaje a Camilo Sesto, hoy en Nosolodeyod hablamos de la palabra peluquín. Peluquín, claro, sale de peluca. Es su diminutivo y así se definía en el primer diccionario que sacó la Real Academia Española, en el siglo XVIII: "Peluquín: la pelúca pequeña y corta". Aunque lo mejor es la definición que daban en latín de tan simpático objeto: Parvum capillamentum adulterinum. 
Y peluca es una de esas palabras de etimología difícil, tal vez de raíz francesa perruquet (‘lorito’, por los funcionarios de justicia franceses, que llevaban pelucas y cuyo perfil se asemejaba al de estos pájaros); francesa fue también la moda que trajo ese invento a España.
¿Y qué me decís de la expresión ni hablar del peluquín? ¿Hay manera más castiza de decir que no a algo? Al parecer, la expresión circuló con gran éxito a partir de esta canción grabada por ¡Juanita Reina! ¡en 1942! (oídla pinchando en el vídeo) y compuesta por los mismos autores de Ojos verdes. La lengua de la España de la posguerra da para mucho, sí.
Feliz cumple a nuestro Camilo. Nos seguimos viendo por aquí cada jueves, porque de abandonar la lectura del blog... ni hablar del peluquín.

sábado, 3 de septiembre de 2016

¡En marcha!

Cojo un bolso de los grandes, que solo uso para la Universidad, y cargo en él algunos libros de lectura que me han acompañado este verano y que tengo que devolver a la biblioteca. Entro de nuevo en la Facultad: el antiguo edificio de la Fábrica de Tabacos sigue siendo muy fresquito en verano, la fuente salpica un poco si pasas cerca y lo hago a propósito para que me caiga alguna gota. Hace calor, y eso era igual en julio, cuando cerré la carpeta y me despedí por un mes. Empiezo a tropezarme con compañeros. Me encuentro con mi querida doctoranda Blanca Garrido, que este miércoles 7 de septiembre defiende su tesis. Las dos estamos nerviosísimas. Abro el correo electrónico y, entre mensajes que borro y otros que se guardan para leer con tiempo, hay invitaciones a charlas fuera y un par de propuestas de trabajo que me encantan. En fin: ha empezado septiembre.

Agosto ha sido un mes estupendo, que ha reunido muchos buenos ratos, playa, lectura, deporte, comidas riquísimas, orden en casa, piscina... Ahora la vuelta al cole es inevitable y toca otra marcha distinta... Se me va la cabeza a las palabras, como siempre. ¡La palabra marcha! ¡Cómo ha cambiado! Tenía hasta el siglo XVIII un sentido militar, una marcha era una expedición guerrera, marchar suponía caminar dejando huella, con fuerza. Hoy ir de marcha es en España ‘ir de fiesta’, nada de adusta disciplina castrense. Y marcharse es necesario, porque para que exista el trabajo ha de existir el descanso.
Empieza otra época, otro curso más. Y como los anteriores, siempre es distinto a ellos. Siento intriga por saber cómo serán mis nuevos alumnos, cómo resultarán mis próximas publicaciones, cómo saldrán los encuentros científicos que tengo en preparación... Vuelvo a casa andando y pensando en todas las cosas que quiero hacer. Entre ellas, seguir escribiendo en este blog y en mis redes sociales para sacar la Filología a la calle. ¿Os apetece acompañarme? ¿Nos ponemos en marcha? Estoy convencida de que voy a pasármelo bien, y no quiero estar sola en el camino. 
Bienvenido a una nueva temporada de Nosolodeyod
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Cojo un bolso de los grandes, que solo uso para la Universidad, y cargo en él algunos libros de lectura que me han acompañado este verano y que tengo que devolver a la biblioteca. Entro de nuevo en la Facultad: el antiguo edificio de la Fábrica de Tabacos sigue siendo muy fresquito en verano, la fuente salpica un poco si pasas cerca y lo hago a propósito para que me caiga alguna gota. Hace calor, y eso era igual en julio, cuando cerré la carpeta y me despedí por un mes. Empiezo a tropezarme con compañeros. Me encuentro con mi querida doctoranda Blanca Garrido, que este miércoles 7 de septiembre defiende su tesis. Las dos estamos nerviosísimas. Abro el correo electrónico y, entre mensajes que borro y otros que se guardan para leer con tiempo, hay invitaciones a charlas fuera y un par de propuestas de trabajo que me encantan. En fin: ha empezado septiembre.

Agosto ha sido un mes estupendo, que ha reunido muchos buenos ratos, playa, lectura, deporte, comidas riquísimas, orden en casa, piscina... Ahora la vuelta al cole es inevitable y toca otra marcha distinta... Se me va la cabeza a las palabras, como siempre. ¡La palabra marcha! ¡Cómo ha cambiado! Tenía hasta el siglo XVIII un sentido militar, una marcha era una expedición guerrera, marchar suponía caminar dejando huella, con fuerza. Hoy ir de marcha es en España ‘ir de fiesta’, nada de adusta disciplina castrense. Y marcharse es necesario, porque para que exista el trabajo ha de existir el descanso.
Empieza otra época, otro curso más. Y como los anteriores, siempre es distinto a ellos. Siento intriga por saber cómo serán mis nuevos alumnos, cómo resultarán mis próximas publicaciones, cómo saldrán los encuentros científicos que tengo en preparación... Vuelvo a casa andando y pensando en todas las cosas que quiero hacer. Entre ellas, seguir escribiendo en este blog y en mis redes sociales para sacar la Filología a la calle. ¿Os apetece acompañarme? ¿Nos ponemos en marcha? Estoy convencida de que voy a pasármelo bien, y no quiero estar sola en el camino. 
Bienvenido a una nueva temporada de Nosolodeyod

domingo, 24 de julio de 2016

Brexida

Nunca me había dado por inventarme una palabra. Y lo voy a hacer hoy: la palabra es BREXIDA. Ahora os la explico.
Cuando yo tenía el pelo rojo y vivía en Oxford la mar de bien
Técnicamente lo llaman creación léxica, o, más poéticamente, onomaturgia. Y se aplica cuando sabemos que alguien, con nombre y apellidos y en una fecha determinada, creó un término nuevo. Lo habitual es que las palabras nuevas no nazcan así, sino que se difundan a través del préstamo desde otras lenguas, o bien se formen desde raíces ya existentes a las que unir prefijos o terminaciones. Por otro lado, lo relevante para la historia de la lengua no es tanto crear una palabra como tener éxito con ella y que se difunda. De ahí que podamos aducir como ejemplos de creación léxica solo los casos en que la palabra ha tenido aceptación social y ha entrado en la lengua. Por ejemplo, perogrullada fue inventada por Quevedo; o mileurista, la palabra que Carolina Alguacil creó y difundió en una carta a El País  en 2005. Podéis encontrar más ejemplos en este artículo del gran Pedro Álvarez de Miranda.
Así que yo voy con mi invención: brexida es en realidad una media invención, porque es la forma española que propongo para el término inglés Brexit, usado para designar la salida del Reino Unido (Britain) de la Unión Europea tras el reciente referéndum. 
Ya hay recomendaciones normativas para que escribamos la palabra en cursiva y sin tilde, pero yo pregunto: ¿por qué no adaptarla? Exit es una palabra que el inglés tomó del latín: remite al verbo EXIRE, que significaba ‘salir fuera’ (EX+IRE). Este verbo latino también dejó herencia en el castellano medieval: era exir, se pronunciaba eshir /eʃir/ y se usó hasta el siglo XIV. Decía el héroe Mio Cid cuando rezaba a la Virgen María antes de salir a sus campañas militares:
¡Vuestra vertud me vala, Gloriosa, en mi exida,
e me ayude e me acorra de noch e de día!
Ahí exida era ‘salida, marcha de un lugar’.
Si los británicos han sacado exit del latín exire, ¿por qué nosotros no recurrimos a nuestro viejo verbo exir y al antiguo sustantivo exida? Brexida (de acentuación llana, y pronunciado con /ks/: breksida) es paralelo a salida, venida y otros sustantivos similares.
Cierto es que todo esto lo digo con sorna, pero con ciertas expectativas. Nunca se sabe si lo que empieza como una broma puede difundirse y tener éxito. También nos parecía que el referéndum británico iba en broma y fijaos cómo ha terminado la cosa. De pena
Por eso, como europea convencida, aunque haya inventado esta palabra, hubiese preferido que no existiera nunca y clamo:
¡Abajo el Brexit y abajo la brexida!

(Psst, psst, la semana que viene, última entrada del blog antes de vacaciones)
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Nunca me había dado por inventarme una palabra. Y lo voy a hacer hoy: la palabra es BREXIDA. Ahora os la explico.
Cuando yo tenía el pelo rojo y vivía en Oxford la mar de bien
Técnicamente lo llaman creación léxica, o, más poéticamente, onomaturgia. Y se aplica cuando sabemos que alguien, con nombre y apellidos y en una fecha determinada, creó un término nuevo. Lo habitual es que las palabras nuevas no nazcan así, sino que se difundan a través del préstamo desde otras lenguas, o bien se formen desde raíces ya existentes a las que unir prefijos o terminaciones. Por otro lado, lo relevante para la historia de la lengua no es tanto crear una palabra como tener éxito con ella y que se difunda. De ahí que podamos aducir como ejemplos de creación léxica solo los casos en que la palabra ha tenido aceptación social y ha entrado en la lengua. Por ejemplo, perogrullada fue inventada por Quevedo; o mileurista, la palabra que Carolina Alguacil creó y difundió en una carta a El País  en 2005. Podéis encontrar más ejemplos en este artículo del gran Pedro Álvarez de Miranda.
Así que yo voy con mi invención: brexida es en realidad una media invención, porque es la forma española que propongo para el término inglés Brexit, usado para designar la salida del Reino Unido (Britain) de la Unión Europea tras el reciente referéndum. 
Ya hay recomendaciones normativas para que escribamos la palabra en cursiva y sin tilde, pero yo pregunto: ¿por qué no adaptarla? Exit es una palabra que el inglés tomó del latín: remite al verbo EXIRE, que significaba ‘salir fuera’ (EX+IRE). Este verbo latino también dejó herencia en el castellano medieval: era exir, se pronunciaba eshir /eʃir/ y se usó hasta el siglo XIV. Decía el héroe Mio Cid cuando rezaba a la Virgen María antes de salir a sus campañas militares:
¡Vuestra vertud me vala, Gloriosa, en mi exida,
e me ayude e me acorra de noch e de día!
Ahí exida era ‘salida, marcha de un lugar’.
Si los británicos han sacado exit del latín exire, ¿por qué nosotros no recurrimos a nuestro viejo verbo exir y al antiguo sustantivo exida? Brexida (de acentuación llana, y pronunciado con /ks/: breksida) es paralelo a salida, venida y otros sustantivos similares.
Cierto es que todo esto lo digo con sorna, pero con ciertas expectativas. Nunca se sabe si lo que empieza como una broma puede difundirse y tener éxito. También nos parecía que el referéndum británico iba en broma y fijaos cómo ha terminado la cosa. De pena
Por eso, como europea convencida, aunque haya inventado esta palabra, hubiese preferido que no existiera nunca y clamo:
¡Abajo el Brexit y abajo la brexida!

(Psst, psst, la semana que viene, última entrada del blog antes de vacaciones)

lunes, 9 de mayo de 2016

Palabras chancleta

Aclaro que esta foro la he sacado de Internet
(vaya chancletas sucias)
Yo sé que la lengua cambia. Cómo no lo voy a saber, si paso la mitad de mi vida dedicada a explicar y a investigar por qué y cómo los hablantes y la historia que los rodea la hacen cambiar. Y no me considero particularmente purista ante eso que se llama el préstamo léxico. Es más, seguramente soy eso que llaman moderniqui, porque a veces digo too much y otros anglicismos. No pido disculpas por ello. Conozco la riqueza del español y me puedo manejar con o sin estas palabras foráneas.
Quizá porque al explicar el recorrido del español desde la Edad Media hasta la actualidad estoy habituada a ver las corrientes de entrada de palabras nuevas que han ido llegando al idioma: porque surgen necesidades, realidades materiales o conceptos inmateriales para los que se busca una palabra, o porque sencillamente crece el prestigio de lo francés o de lo italiano o, más recientemente de lo inglés... Sé que hay préstamos que salen “desde abajo”, y se extienden luego hasta el estándar y préstamos “desde arriba” (por ejemplo, cuando alguien introdujo en el siglo XV la palabra partícula y esta se extendió desde los primeros usos cultos hasta llegar a la lengua común).
Me gusta que las lenguas se mezclen, que tomen prestadas palabras de otras lenguas y nunca las devuelvan: jardín, balcón, sarao, caramelo... son préstamos y me gustan. También me gustan préstamos o creaciones recientes: asistí, como todos, al nacimiento de la palabra mileurista (triste realidad, pero feliz neologismo) y me gustó ver cómo un particular innovaba y la novedad se extendía.  No pretendo justificarme, sí quiero dejar claro que el purismo no es mi religión.
Pero hay cosas que no soporto, y son las que denomino palabras chancleta, o expresiones chancleta.
Y es que de repente la novedad salga desde una parte de la sociedad que tiene acceso privilegiado a los medios (la clase política) y pulule de un aforado a otro, sin mayor necesidad ni significado ni arraigo social. Son palabras chancleta, tan falsas y efímeras como una chancleta mala (de las que se derriten al pisar el asfalto sevillano en verano), tan antiestéticas como ellas. 
Dos expresiones chancleta están en estos momentos copando mi oro y plata olímpicos del chancletismo: poner en valor y hoja de ruta. Votaría al partido político que no las usara... y terminaría absteniéndome, claro. Porque hoja de ruta lo dice hasta el último inepto que quiere anunciar en un pleno que van a arreglar primero las baldosas y luego los baldosines, esa es su hoja de ruta. Y cualquiera que quiere jactarse de que poniendo una tienda-cafetería al ladito de aquella iglesia románica consigue ponerla en valor. Es un galicismo (mettre en valeur), pero eso es lo de menos, no la rechazo por eso. Para el bronce tengo mas candidatas: líneas rojas, crecimiento cero... 
Son palabras que otros (no la masa de los hablantes, no los intelectuales, no los grandes autores en lengua española) ponen de moda, y con las que se dice mucho menos de lo que se dice. Son las asas a las que se agarran los que quieren dar una imagen de gestores avezados en tecnicismos. Los mismos que no saben usar correctamente el verbo adolecer, o que pronuncian cónyugue... Claro que tan ignorantes no son de la lengua cuando se han apresurado a dictar que a partir de ahora se llame en las noticias investigados a los que antes eran, de caminito a la comisaría, imputados. Estoy rebelada y me da exactamente igual: 
YO OS IMPUTO DE CHANCLETISMO
Tengo la batalla perdida, lo sé, pero qué queréis, este es mi blog y esta boca es mía. Así que cuando alguien diga poner en valor, mascullaré ¡CHANCLETA!, si dicen hoja de ruta, susurraré ¡CHANCLETA!
¡CHANCLETA, CHANCLETA, CHANCLETA!
Claro que alguien me puede decir: pues a mí me gustan estas chancletas y las voy a usar. Muy bien, pero que sepas que a los que usan mucho chancletas les huelen los pies. 
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Aclaro que esta foro la he sacado de Internet
(vaya chancletas sucias)
Yo sé que la lengua cambia. Cómo no lo voy a saber, si paso la mitad de mi vida dedicada a explicar y a investigar por qué y cómo los hablantes y la historia que los rodea la hacen cambiar. Y no me considero particularmente purista ante eso que se llama el préstamo léxico. Es más, seguramente soy eso que llaman moderniqui, porque a veces digo too much y otros anglicismos. No pido disculpas por ello. Conozco la riqueza del español y me puedo manejar con o sin estas palabras foráneas.
Quizá porque al explicar el recorrido del español desde la Edad Media hasta la actualidad estoy habituada a ver las corrientes de entrada de palabras nuevas que han ido llegando al idioma: porque surgen necesidades, realidades materiales o conceptos inmateriales para los que se busca una palabra, o porque sencillamente crece el prestigio de lo francés o de lo italiano o, más recientemente de lo inglés... Sé que hay préstamos que salen “desde abajo”, y se extienden luego hasta el estándar y préstamos “desde arriba” (por ejemplo, cuando alguien introdujo en el siglo XV la palabra partícula y esta se extendió desde los primeros usos cultos hasta llegar a la lengua común).
Me gusta que las lenguas se mezclen, que tomen prestadas palabras de otras lenguas y nunca las devuelvan: jardín, balcón, sarao, caramelo... son préstamos y me gustan. También me gustan préstamos o creaciones recientes: asistí, como todos, al nacimiento de la palabra mileurista (triste realidad, pero feliz neologismo) y me gustó ver cómo un particular innovaba y la novedad se extendía.  No pretendo justificarme, sí quiero dejar claro que el purismo no es mi religión.
Pero hay cosas que no soporto, y son las que denomino palabras chancleta, o expresiones chancleta.
Y es que de repente la novedad salga desde una parte de la sociedad que tiene acceso privilegiado a los medios (la clase política) y pulule de un aforado a otro, sin mayor necesidad ni significado ni arraigo social. Son palabras chancleta, tan falsas y efímeras como una chancleta mala (de las que se derriten al pisar el asfalto sevillano en verano), tan antiestéticas como ellas. 
Dos expresiones chancleta están en estos momentos copando mi oro y plata olímpicos del chancletismo: poner en valor y hoja de ruta. Votaría al partido político que no las usara... y terminaría absteniéndome, claro. Porque hoja de ruta lo dice hasta el último inepto que quiere anunciar en un pleno que van a arreglar primero las baldosas y luego los baldosines, esa es su hoja de ruta. Y cualquiera que quiere jactarse de que poniendo una tienda-cafetería al ladito de aquella iglesia románica consigue ponerla en valor. Es un galicismo (mettre en valeur), pero eso es lo de menos, no la rechazo por eso. Para el bronce tengo mas candidatas: líneas rojas, crecimiento cero... 
Son palabras que otros (no la masa de los hablantes, no los intelectuales, no los grandes autores en lengua española) ponen de moda, y con las que se dice mucho menos de lo que se dice. Son las asas a las que se agarran los que quieren dar una imagen de gestores avezados en tecnicismos. Los mismos que no saben usar correctamente el verbo adolecer, o que pronuncian cónyugue... Claro que tan ignorantes no son de la lengua cuando se han apresurado a dictar que a partir de ahora se llame en las noticias investigados a los que antes eran, de caminito a la comisaría, imputados. Estoy rebelada y me da exactamente igual: 
YO OS IMPUTO DE CHANCLETISMO
Tengo la batalla perdida, lo sé, pero qué queréis, este es mi blog y esta boca es mía. Así que cuando alguien diga poner en valor, mascullaré ¡CHANCLETA!, si dicen hoja de ruta, susurraré ¡CHANCLETA!
¡CHANCLETA, CHANCLETA, CHANCLETA!
Claro que alguien me puede decir: pues a mí me gustan estas chancletas y las voy a usar. Muy bien, pero que sepas que a los que usan mucho chancletas les huelen los pies. 

sábado, 26 de marzo de 2016

Enredos de reloj

Hoy ha tocado adelantar el reloj una hora, a las dos de la madrugada... ¡Cómo nos enredamos siempre con estos cambios! 
La verdad es que reloj es también una palabra fonéticamente bastante enredosa en nuestra lengua; la podríamos hermanar con otras dos igualmente raras: el árbol boj y el carcaj o aljaba (es decir, el cartucho donde Robin Hood o Légolas guardaban sus flechas). Pero, pese a su rareza fónica, la palabra reloj es bien antigua, aunque antes se escribiera relox. Nos la hemos traído desde el latín (horologium) posiblemente a través del catalán antiguo (relotge), de donde vendría reloje y, con singular regresivo (o sea, construido ‘hacia atrás’), relox, reloj.
Por esa terminación en j tan distinta de lo común en español no es raro que existiera la variante reló (la Academia incluso la aceptó, en 1984, pero ya no), y que los mapas dialectales recojan variantes fonéticas del tipo relor, reloz o formas con diminutivos del tipo relojillo o relojín junto con otras como relillo o relorcico...

¡Cuánto ha variado en el tiempo la realidad a la que designamos con la palabra reloj! Los textos medievales ya traen muchas veces esta voz, aunque se referían con ella más bien a los relojes de arena o de sol: los relojes mecánicos comenzaron a extenderse por torres e iglesias a fines del XIV (en 1400 ya había uno en la Catedral de Sevilla) y los de bolsillo aún más tarde, en el siglo XVII. 
Cada cual le da un sentido al reloj: unos son esclavos de lo que va marcando, otros son dueños absolutos de este objeto e incluso los hay capaces de, sin tocar las manecillas, hacer que de una forma u otra se pare el tiempo. Hace años, un enamorado de los relojes decidió compartir conmigo todas las mañanas del mundo. A él dedico esta entrada. Y a vosotros os pregunto, ¿sois de reloj de campanario o de cuco?, ¿cómo pronunciáis reloj? ¿Usáis ese divertido plural de relores? Tic tac, tic tac... dejad comentarios...
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Hoy ha tocado adelantar el reloj una hora, a las dos de la madrugada... ¡Cómo nos enredamos siempre con estos cambios! 
La verdad es que reloj es también una palabra fonéticamente bastante enredosa en nuestra lengua; la podríamos hermanar con otras dos igualmente raras: el árbol boj y el carcaj o aljaba (es decir, el cartucho donde Robin Hood o Légolas guardaban sus flechas). Pero, pese a su rareza fónica, la palabra reloj es bien antigua, aunque antes se escribiera relox. Nos la hemos traído desde el latín (horologium) posiblemente a través del catalán antiguo (relotge), de donde vendría reloje y, con singular regresivo (o sea, construido ‘hacia atrás’), relox, reloj.
Por esa terminación en j tan distinta de lo común en español no es raro que existiera la variante reló (la Academia incluso la aceptó, en 1984, pero ya no), y que los mapas dialectales recojan variantes fonéticas del tipo relor, reloz o formas con diminutivos del tipo relojillo o relojín junto con otras como relillo o relorcico...

¡Cuánto ha variado en el tiempo la realidad a la que designamos con la palabra reloj! Los textos medievales ya traen muchas veces esta voz, aunque se referían con ella más bien a los relojes de arena o de sol: los relojes mecánicos comenzaron a extenderse por torres e iglesias a fines del XIV (en 1400 ya había uno en la Catedral de Sevilla) y los de bolsillo aún más tarde, en el siglo XVII. 
Cada cual le da un sentido al reloj: unos son esclavos de lo que va marcando, otros son dueños absolutos de este objeto e incluso los hay capaces de, sin tocar las manecillas, hacer que de una forma u otra se pare el tiempo. Hace años, un enamorado de los relojes decidió compartir conmigo todas las mañanas del mundo. A él dedico esta entrada. Y a vosotros os pregunto, ¿sois de reloj de campanario o de cuco?, ¿cómo pronunciáis reloj? ¿Usáis ese divertido plural de relores? Tic tac, tic tac... dejad comentarios...

lunes, 14 de marzo de 2016

¿Capirote o cucurucho?

Para mí es como el inicio de la temporada de buen tiempo. La primavera asoma la patita, toda Sevilla se echa a la calle, yo salgo de clase por la tarde y me doy el regalo de tomarme de vuelta a casa un helado. Cucurucho en mano, paseo por el centro con tranquilidad viendo cómo empieza a acelerarse en la calle el trajín de gente que va buscando preparar atuendos, viajes y encuentros para las fiestas que se avecinan: la Semana Santa y la Feria. En ese ajetreo es común toparse con quien lleva para su casa el capirote recién comprado para la ropa de nazareno. (Como sabéis, quienes salen en las procesiones de Semana Santa en España suelen llevar en la cabeza esa estructura cónica, hecha de cartón, sobre la que se pone la tela del antifaz para taparse la cara. Es un uso antiguo, con el que se trata de remedar los escarnios que sufrió Jesús hasta la cruz).
Solo con la Historia de la Lengua puede explicarse de forma científica esa conexión sentimental que para mí se da entre el cucurucho que me zampo y el capirote que se pasea en las manos de un sevillano.
Capirote viene de la familia léxica de capa. Entre derivados como capilleja, caperuza, capote, capirón, caperote y similares tenemos a este capirote copiado desde capirot, del occitano, lengua romance. Y ese referente del capirote fue llamado también cucurucho en otro tiempo; así, en el primer Diccionario de la Academia (1726-1739) se definía así esta palabra: Papel o cartón revuelto de forma que remata en punta por un lado, y ancho por la boca. Los de papel sirven para dar recado en las tiendas de confitería o mercería, y los de cartón largos como de una vara, o mayores, para capirotes de diciplinante o penitente.
Cucurucho es una palabra muy simpática, por lo menos si la comparamos con el equivalente que tienen otros idiomas para llamar a ese barquillo para el helado (por ejemplo, el alemán Tüte, ‘bolsa’, o sea, pides algo así como una bola de chocolate en una bolsa...). Es derivado de cuculla (cogulla, ‘capucha’) que conoció variantes como cucurulla en catalán o cucurucho en español.
Hubo, pues, en otro tiempo, cucuruchos y capirotes para los penitentes. Hoy los primeros son los recipientes de los helados y, en mi caso, el lugar donde se mete el simbólico arranque de un tiempo distinto, con otra luz y con otros ritmos.
¿Y tú? ¿Eres de ponerte capirote o de tomarte un cucurucho? ¿Qué palabras o usos lingüísticos de Semana Santa tienes por más particulares o te hacen más gracia? ¡Al cielo con tu comentario!
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Para mí es como el inicio de la temporada de buen tiempo. La primavera asoma la patita, toda Sevilla se echa a la calle, yo salgo de clase por la tarde y me doy el regalo de tomarme de vuelta a casa un helado. Cucurucho en mano, paseo por el centro con tranquilidad viendo cómo empieza a acelerarse en la calle el trajín de gente que va buscando preparar atuendos, viajes y encuentros para las fiestas que se avecinan: la Semana Santa y la Feria. En ese ajetreo es común toparse con quien lleva para su casa el capirote recién comprado para la ropa de nazareno. (Como sabéis, quienes salen en las procesiones de Semana Santa en España suelen llevar en la cabeza esa estructura cónica, hecha de cartón, sobre la que se pone la tela del antifaz para taparse la cara. Es un uso antiguo, con el que se trata de remedar los escarnios que sufrió Jesús hasta la cruz).
Solo con la Historia de la Lengua puede explicarse de forma científica esa conexión sentimental que para mí se da entre el cucurucho que me zampo y el capirote que se pasea en las manos de un sevillano.
Capirote viene de la familia léxica de capa. Entre derivados como capilleja, caperuza, capote, capirón, caperote y similares tenemos a este capirote copiado desde capirot, del occitano, lengua romance. Y ese referente del capirote fue llamado también cucurucho en otro tiempo; así, en el primer Diccionario de la Academia (1726-1739) se definía así esta palabra: Papel o cartón revuelto de forma que remata en punta por un lado, y ancho por la boca. Los de papel sirven para dar recado en las tiendas de confitería o mercería, y los de cartón largos como de una vara, o mayores, para capirotes de diciplinante o penitente.
Cucurucho es una palabra muy simpática, por lo menos si la comparamos con el equivalente que tienen otros idiomas para llamar a ese barquillo para el helado (por ejemplo, el alemán Tüte, ‘bolsa’, o sea, pides algo así como una bola de chocolate en una bolsa...). Es derivado de cuculla (cogulla, ‘capucha’) que conoció variantes como cucurulla en catalán o cucurucho en español.
Hubo, pues, en otro tiempo, cucuruchos y capirotes para los penitentes. Hoy los primeros son los recipientes de los helados y, en mi caso, el lugar donde se mete el simbólico arranque de un tiempo distinto, con otra luz y con otros ritmos.
¿Y tú? ¿Eres de ponerte capirote o de tomarte un cucurucho? ¿Qué palabras o usos lingüísticos de Semana Santa tienes por más particulares o te hacen más gracia? ¡Al cielo con tu comentario!

viernes, 19 de diciembre de 2014

El pequeño Nicolás en la historia de la lengua española


¡Pues claro que el pequeño Nicolás tenía que salir en nuestro blog! (Gracias por la idea, Mónica). Por si alguien fuera de España no sabe quién es el personaje del que he hablamos, enlazo aquí la página de Wikipedia donde se habla de él. Nuestro Nicolás, un cara que se colaba donde podía, entra en Nosolodeyod para plantearnos esta pregunta: ¿por qué pequeño y no chico?
El caso es que yo, y la mayoría de mis amigos sevillanos, usamos chico más que pequeño: diríamos que el portal de Belén es muy chico para tantos animales, irónicamente nos reiríamos al comentar que la barriga de Papá Noel es chica o pondríamos mala cara al ver que plato de jamón que hay para la cena de Navidad es demasiado chico. Por eso mismo, de alguien joven y de sexo masculino diríamos que es un niño, aunque sea universitario y veinteañero: un niño de mi clase... dirían mis alumnas de alguno de sus creciditos compañeros. Y junto con chico, usamos otros adjetivos también: Es muy nueva, por ejemplo, dirían en mi pueblo de una persona joven.
Sobre este asunto de chico y pequeño escribió un artículo muy bonito mi jefe, Manuel Ariza: "el castellano ha optado por elegir pequeño como adjetivo y chico como sustantivo mientras que en el andaluz chico es el adjetivo y niño el sustantivo". Ariza recuerda en ese trabajo la frase del Cid sobre sus hijas, cuando el rey las pide para casarlas con los perversos infantes de Carrión: "Infantes son e  de días chicas".
En el siglo XVI pequeño como adjetivo termina imponiéndose en Castilla a chico, que antes tenía un frecuente uso en la literatura. Y de la corte castellana ese uso se extendió a buena parte de la población, aunque a Andalucía no terminó de llegar pequeño. Más o menos como el pequeño Nicolás, que parece ser que operaba sobre todo en Madrid y el norte de España. Y que no se achicaba (verbo muy antiguo, más que su paralelo empequeñecer) en ningún contexto, por solemne que fuera. Y tú, ¿dices zagal, chaval, niño o mozo para el sustantivo? ¿Te parece que el premio de la lotería de Navidad es demasiado chico o demasiado pequeño? Deja tu pequeño comentario...

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¡Pues claro que el pequeño Nicolás tenía que salir en nuestro blog! (Gracias por la idea, Mónica). Por si alguien fuera de España no sabe quién es el personaje del que he hablamos, enlazo aquí la página de Wikipedia donde se habla de él. Nuestro Nicolás, un cara que se colaba donde podía, entra en Nosolodeyod para plantearnos esta pregunta: ¿por qué pequeño y no chico?
El caso es que yo, y la mayoría de mis amigos sevillanos, usamos chico más que pequeño: diríamos que el portal de Belén es muy chico para tantos animales, irónicamente nos reiríamos al comentar que la barriga de Papá Noel es chica o pondríamos mala cara al ver que plato de jamón que hay para la cena de Navidad es demasiado chico. Por eso mismo, de alguien joven y de sexo masculino diríamos que es un niño, aunque sea universitario y veinteañero: un niño de mi clase... dirían mis alumnas de alguno de sus creciditos compañeros. Y junto con chico, usamos otros adjetivos también: Es muy nueva, por ejemplo, dirían en mi pueblo de una persona joven.
Sobre este asunto de chico y pequeño escribió un artículo muy bonito mi jefe, Manuel Ariza: "el castellano ha optado por elegir pequeño como adjetivo y chico como sustantivo mientras que en el andaluz chico es el adjetivo y niño el sustantivo". Ariza recuerda en ese trabajo la frase del Cid sobre sus hijas, cuando el rey las pide para casarlas con los perversos infantes de Carrión: "Infantes son e  de días chicas".
En el siglo XVI pequeño como adjetivo termina imponiéndose en Castilla a chico, que antes tenía un frecuente uso en la literatura. Y de la corte castellana ese uso se extendió a buena parte de la población, aunque a Andalucía no terminó de llegar pequeño. Más o menos como el pequeño Nicolás, que parece ser que operaba sobre todo en Madrid y el norte de España. Y que no se achicaba (verbo muy antiguo, más que su paralelo empequeñecer) en ningún contexto, por solemne que fuera. Y tú, ¿dices zagal, chaval, niño o mozo para el sustantivo? ¿Te parece que el premio de la lotería de Navidad es demasiado chico o demasiado pequeño? Deja tu pequeño comentario...

lunes, 12 de mayo de 2014

Conchita Wurst en la historia de la lengua española

Una exposición bizarra de coreografía y vestuario al son de una música que para mi gusto es siempre la misma balada... pero si puedo ¡veo Eurovisión! Os presento a la ganadora de la edición de este año, la representante de Austria Conchita Wurst, con esta imagen impactante.
¡Una mujer barbuda! –dirán algunos. ¡Un sufijo en –udo!-digo yo al escucharlos. Udo es un sufijo patrimonial, esto es, heredado del latín (-UTU), que expresa una intensidad positiva en forzudo o concienzudo, pero que está bastante más cargado negativamente cuando se adjunta a partes del cuerpo humano: velludo, orejudo, barrigudo, peludo, cabezudo, dentudo... y a animales: aludo, cornudo, picudo... Su rival en –ón es menos humorístico pero también apunta a una dimensión aumentativa de exceso (barrigón, cabezón...).
Nuestra amiga austriaca no sería muy del gusto del Arcipreste de Hita, que en el Buen Amor daba este consejo para elegir mujer: Guárdate que non sea bellosa nin barbuda, mostrando el uso medieval del sufijo. Pero -udo, con su punto de parodia, crece sobre todo a partir del siglo XVI, justo cuando ya han desaparecido completamente los participios en –udo que tuvieron algunos verbos de la segunda conjugación (de tener se dijo tenudo, de conocer fue conoçudo y de saber, sabudo). Yakov Malkiel explica muy bien la posible conexión entre ambos fenómenos en este trabajo.
Lo que fue en la Edad Media el símbolo insuperable de la virilidad (¡esa barba del Cid!) aparece ahora en la figura de la austriaca Conchita, replanteando nuestra forma de entender la imagen femenina. Cambia la forma en que miramos a una mujer barbuda, pero el sufijo permanece. Yo saco la conclusión de que la Historia de la Lengua es más duradera que la estética eurovisiva. Morfología del español, twelve points. Deja tu comentario...
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Una exposición bizarra de coreografía y vestuario al son de una música que para mi gusto es siempre la misma balada... pero si puedo ¡veo Eurovisión! Os presento a la ganadora de la edición de este año, la representante de Austria Conchita Wurst, con esta imagen impactante.
¡Una mujer barbuda! –dirán algunos. ¡Un sufijo en –udo!-digo yo al escucharlos. Udo es un sufijo patrimonial, esto es, heredado del latín (-UTU), que expresa una intensidad positiva en forzudo o concienzudo, pero que está bastante más cargado negativamente cuando se adjunta a partes del cuerpo humano: velludo, orejudo, barrigudo, peludo, cabezudo, dentudo... y a animales: aludo, cornudo, picudo... Su rival en –ón es menos humorístico pero también apunta a una dimensión aumentativa de exceso (barrigón, cabezón...).
Nuestra amiga austriaca no sería muy del gusto del Arcipreste de Hita, que en el Buen Amor daba este consejo para elegir mujer: Guárdate que non sea bellosa nin barbuda, mostrando el uso medieval del sufijo. Pero -udo, con su punto de parodia, crece sobre todo a partir del siglo XVI, justo cuando ya han desaparecido completamente los participios en –udo que tuvieron algunos verbos de la segunda conjugación (de tener se dijo tenudo, de conocer fue conoçudo y de saber, sabudo). Yakov Malkiel explica muy bien la posible conexión entre ambos fenómenos en este trabajo.
Lo que fue en la Edad Media el símbolo insuperable de la virilidad (¡esa barba del Cid!) aparece ahora en la figura de la austriaca Conchita, replanteando nuestra forma de entender la imagen femenina. Cambia la forma en que miramos a una mujer barbuda, pero el sufijo permanece. Yo saco la conclusión de que la Historia de la Lengua es más duradera que la estética eurovisiva. Morfología del español, twelve points. Deja tu comentario...

martes, 15 de abril de 2014

Torrijas... ¡mmmmm!

Las torrijas de mi madre, míticas como sus croquetas
Perdón, perdón, que he estado un tiempo sin actualizar el blog. Pero es que estaba... ¡comiendo torrijas! Estamos de vacaciones de Semana Santa: algunos aprovecharán para torrarse en la playa con este sol casi veraniego que nos ha traído la primavera y olvidarse de los tostones del trabajo. Yo este año me quedo en casa, descansando y midiendo el tiempo de otra forma: para desayunar hay un zumo de naranja, en lugar del café apresurado de diario, y hay una torrija en lugar de la tostada.
Cada uno a su manera en estos días acerca a su mundo y a su historia cualquiera de los resultados del latín TOSTARE, a su vez venido de TORRERE. La tostada, la torrija, el torrezno o tocino frito, los tostones o trozos de pan frito que dan su forma al tostón o persona aburrida a quien no quieres ver en vacaciones...
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Las torrijas de mi madre, míticas como sus croquetas
Perdón, perdón, que he estado un tiempo sin actualizar el blog. Pero es que estaba... ¡comiendo torrijas! Estamos de vacaciones de Semana Santa: algunos aprovecharán para torrarse en la playa con este sol casi veraniego que nos ha traído la primavera y olvidarse de los tostones del trabajo. Yo este año me quedo en casa, descansando y midiendo el tiempo de otra forma: para desayunar hay un zumo de naranja, en lugar del café apresurado de diario, y hay una torrija en lugar de la tostada.
Cada uno a su manera en estos días acerca a su mundo y a su historia cualquiera de los resultados del latín TOSTARE, a su vez venido de TORRERE. La tostada, la torrija, el torrezno o tocino frito, los tostones o trozos de pan frito que dan su forma al tostón o persona aburrida a quien no quieres ver en vacaciones...

sábado, 15 de febrero de 2014

Hacerte una palabra

Una forma bien filológica de pasar a la Historia es que tu nombre, o tu apellido, comience a escribirse con minúsculas y se refleje en la lengua cotidiana de los hablantes: convertirte, pues, en un nombre común. La mayor reverencia al personaje que Fernando de Rojas consagró en La Celestina es que hoy quienes no han leído la obra (y aun sin saber que existe) sepan qué es una celestina. En la España de la Segunda República los propietarios de una ruleta llamada Straperlo (a partir de los apellidos de sus creadores: Strauss, Perle, Lowann) quisieron introducirla en el país, pagaron comisiones a políticos y periodistas, y manejaron con cuidado el dato de que esa ruleta se controlaba por un botón para que los jugadores ganasen al antojo de la banca. 
El straperlo llegó a usarse en un casino mallorquín
La maquinación se descubrió, la ruleta Straperlo se prohibió y dio a los nombres de sus propietarios una trascendencia que su juego nunca podría haber alcanzado. Las actividades fraudulentas que a partir de la Guerra Civil fueron tristemente comunes en España se denominaron estraperlo, y, a sus practicantes, estraperlistas. El escándalo de la ruleta se registró en la Historia y el estraperlo entró en la historia. 
La mayor condena que el dios de la trascendencia puede dictar a un hombre es el olvido. En la memoria de algunos de nuestros nombres comunes hay palabras que fueron mayúsculas en su momento pero que no han sido más grandes y trascendentes que cuando se hicieron minúsculas. Deja tu comentario...
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Una forma bien filológica de pasar a la Historia es que tu nombre, o tu apellido, comience a escribirse con minúsculas y se refleje en la lengua cotidiana de los hablantes: convertirte, pues, en un nombre común. La mayor reverencia al personaje que Fernando de Rojas consagró en La Celestina es que hoy quienes no han leído la obra (y aun sin saber que existe) sepan qué es una celestina. En la España de la Segunda República los propietarios de una ruleta llamada Straperlo (a partir de los apellidos de sus creadores: Strauss, Perle, Lowann) quisieron introducirla en el país, pagaron comisiones a políticos y periodistas, y manejaron con cuidado el dato de que esa ruleta se controlaba por un botón para que los jugadores ganasen al antojo de la banca. 
El straperlo llegó a usarse en un casino mallorquín
La maquinación se descubrió, la ruleta Straperlo se prohibió y dio a los nombres de sus propietarios una trascendencia que su juego nunca podría haber alcanzado. Las actividades fraudulentas que a partir de la Guerra Civil fueron tristemente comunes en España se denominaron estraperlo, y, a sus practicantes, estraperlistas. El escándalo de la ruleta se registró en la Historia y el estraperlo entró en la historia. 
La mayor condena que el dios de la trascendencia puede dictar a un hombre es el olvido. En la memoria de algunos de nuestros nombres comunes hay palabras que fueron mayúsculas en su momento pero que no han sido más grandes y trascendentes que cuando se hicieron minúsculas. Deja tu comentario...

lunes, 10 de febrero de 2014

Lo que abre y cierra un examen

Arriba: el fiel de la balanza o examen
Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana o española (1611) explicaba así el sentido de hacer un examen:
“En todas las ciencias, diciplinas, facultades, artes liberales y mecánicas, ay examen para aprovar a los que las professan o reprovarlos: y este acto riguroso les haze estudiar y trabajar para dar buena cuenta de sí(s.v. examen).
Examen es uno de esos cultismos llegados en fecha relativamente tardía al castellano: no se difunde hasta el siglo XV; su étimo latino, EXAMEN, servía para denominar al fiel de la balanza. 

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Arriba: el fiel de la balanza o examen
Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana o española (1611) explicaba así el sentido de hacer un examen:
“En todas las ciencias, diciplinas, facultades, artes liberales y mecánicas, ay examen para aprovar a los que las professan o reprovarlos: y este acto riguroso les haze estudiar y trabajar para dar buena cuenta de sí(s.v. examen).
Examen es uno de esos cultismos llegados en fecha relativamente tardía al castellano: no se difunde hasta el siglo XV; su étimo latino, EXAMEN, servía para denominar al fiel de la balanza. 

miércoles, 15 de enero de 2014

Menos gamones en Gamonal

Burgos en primera línea en estos días. En concreto, el barrio de Gamonal, reacio a alojar un bulevar de tráfico rodado, ha protagonizado manifestaciones que han tenido gran presencia en los medios. Un gamón es eso que veis en la imagen. 
Según la botánica, es una ‘planta liliácea, de flores blancas en espiga y hojas en forma de espada’ (María Moliner, Diccionario de uso del español).

Covarrubias (1611, Tesoro de la lengua castellana o española) definía así gamón:
‘Yerva conocida de un tallo; es pasto sabroso de los puercos, tiene virtud para muchas enfermedades, como lo podrás ver en Dioscórides’

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Burgos en primera línea en estos días. En concreto, el barrio de Gamonal, reacio a alojar un bulevar de tráfico rodado, ha protagonizado manifestaciones que han tenido gran presencia en los medios. Un gamón es eso que veis en la imagen. 
Según la botánica, es una ‘planta liliácea, de flores blancas en espiga y hojas en forma de espada’ (María Moliner, Diccionario de uso del español).

Covarrubias (1611, Tesoro de la lengua castellana o española) definía así gamón:
‘Yerva conocida de un tallo; es pasto sabroso de los puercos, tiene virtud para muchas enfermedades, como lo podrás ver en Dioscórides’

lunes, 18 de noviembre de 2013

Si tú me dices ven

Estás diciendo un monosílabo.
Estás pronunciando la herencia del latín VENI.
Estás conjugando un imperativo, el de la forma tú.
Estás revelando una muestra de la metafonía en español, porque...
Estás mostrando que la I final (vocal cerrada) ha impedido la diptongación de la E.
Estás haciendo una consonante /b/ oclusiva, pero si él dice ven ya deja a la labial entre vocales y suena una fricativa.
Estás usando un imperativo acabado en consonante, algo que solo se da en los verbos de mayor frecuencia (sal, pon, ten).
Si tú me dices ven, estás haciendo mucha Historia de la Lengua. Y claro, entonces yo lo dejo todo.

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Estás diciendo un monosílabo.
Estás pronunciando la herencia del latín VENI.
Estás conjugando un imperativo, el de la forma tú.
Estás revelando una muestra de la metafonía en español, porque...
Estás mostrando que la I final (vocal cerrada) ha impedido la diptongación de la E.
Estás haciendo una consonante /b/ oclusiva, pero si él dice ven ya deja a la labial entre vocales y suena una fricativa.
Estás usando un imperativo acabado en consonante, algo que solo se da en los verbos de mayor frecuencia (sal, pon, ten).
Si tú me dices ven, estás haciendo mucha Historia de la Lengua. Y claro, entonces yo lo dejo todo.

domingo, 13 de octubre de 2013

Porque eres de Sevilla

Llamas zapatero a la libélula y chaleco al jersey. Preguntas ustedes a qué hora os vais y andas ligero y no rápido cuando tienes prisa. Cuando tienes fatiga no es que estés cansado, es que vas a vomitar. Dices que alguien tiene los ojos celestes y no azules. Tus camisas son de listas y no de rayas. Cuando alguien se mancha dices que se ha llenado y cuando se te rompe algo, en general, se te ha partido. Puedes escribir cereza o sesión pero lo vas a pronunciar con un solo sonido porque eres seseante o ceceante. Alguna vez de chico y no de pequeño miraste hipnotizado la Giralda y ahora casi no te sorprende verla en tu horizonte diario.
Abrazando los tipismos a veces, otras dándoles la espalda. No eres el de los quillos y arsas que imitan en la tele para irritación tuya. Pero has pasado por la calle más estrecha de Sevilla que es, precisamente, la calle Aire; allí vivió el poeta Luis Cernuda la asfixia de su última etapa sevillana.
Sabes que alubias es lo que pone en el paquete de chícharos que compras en el súper, has oído en tu casa llamar resbaladera al tobogán y damasco al albaricoque.
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Llamas zapatero a la libélula y chaleco al jersey. Preguntas ustedes a qué hora os vais y andas ligero y no rápido cuando tienes prisa. Cuando tienes fatiga no es que estés cansado, es que vas a vomitar. Dices que alguien tiene los ojos celestes y no azules. Tus camisas son de listas y no de rayas. Cuando alguien se mancha dices que se ha llenado y cuando se te rompe algo, en general, se te ha partido. Puedes escribir cereza o sesión pero lo vas a pronunciar con un solo sonido porque eres seseante o ceceante. Alguna vez de chico y no de pequeño miraste hipnotizado la Giralda y ahora casi no te sorprende verla en tu horizonte diario.
Abrazando los tipismos a veces, otras dándoles la espalda. No eres el de los quillos y arsas que imitan en la tele para irritación tuya. Pero has pasado por la calle más estrecha de Sevilla que es, precisamente, la calle Aire; allí vivió el poeta Luis Cernuda la asfixia de su última etapa sevillana.
Sabes que alubias es lo que pone en el paquete de chícharos que compras en el súper, has oído en tu casa llamar resbaladera al tobogán y damasco al albaricoque.

lunes, 15 de abril de 2013

La culpa es de los sobres

Se escribía la carta, se doblaba el papel sobre sí mismo y, una vez plegado, se ponía el nombre del destinatario en una de las caras exteriores. Cuando desdoblabas la carta, podías ver la dirección donde te la habían mandado justo en un trozo del reverso, como en la imagen. 
Hoy los sobres se toman como imagen de la corruptela, el vehículo del dinero sucio e ilegal. ¡La culpa es de los sobres! Pero antes no había sobresSobre era solo la preposición que componía la palabra sobrescrito, forma de designar a los datos de destinatario incluidos en el exterior del pliego en esa etapa prefilatélica. 
Desde el siglo XIX circuló ya el invento nuevo de vestir la carta con una especie de envoltorio, por eso en francés es enveloppe. En español se popularizó el acortamiento sobrescrito = sobre por el que la preposición sobre dio lugar al sustantivo sobre que usamos hoy para meter nuestras cartas.
Aquí se juntan dos vectores vinculados a la Historia de la Lengua, el de la historia de las técnicas de escritura y el de los lenguajes especializados, como el del correo. Y esto lo cuenta la compañera de la Universidad de Barcelona Gloria Clavería en su trabajo “Notas lexicográficas y lexicológicas en torno a sobre (sustantivo) y sobrescrito"Moenia 7, 343-370. Un artículo de la misma autora sobre un tema relacionado puede leerse aquí
¿Has recibido cartas como las de antes, que siempre se encabezaban con una cruz en el centro de la primera línea? ¿Qué aspecto del lenguaje epistolar te parece lingüísticamente más interesante? Estimado lector: por la presente te ruego escribas un comentario.
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Se escribía la carta, se doblaba el papel sobre sí mismo y, una vez plegado, se ponía el nombre del destinatario en una de las caras exteriores. Cuando desdoblabas la carta, podías ver la dirección donde te la habían mandado justo en un trozo del reverso, como en la imagen. 
Hoy los sobres se toman como imagen de la corruptela, el vehículo del dinero sucio e ilegal. ¡La culpa es de los sobres! Pero antes no había sobresSobre era solo la preposición que componía la palabra sobrescrito, forma de designar a los datos de destinatario incluidos en el exterior del pliego en esa etapa prefilatélica. 
Desde el siglo XIX circuló ya el invento nuevo de vestir la carta con una especie de envoltorio, por eso en francés es enveloppe. En español se popularizó el acortamiento sobrescrito = sobre por el que la preposición sobre dio lugar al sustantivo sobre que usamos hoy para meter nuestras cartas.
Aquí se juntan dos vectores vinculados a la Historia de la Lengua, el de la historia de las técnicas de escritura y el de los lenguajes especializados, como el del correo. Y esto lo cuenta la compañera de la Universidad de Barcelona Gloria Clavería en su trabajo “Notas lexicográficas y lexicológicas en torno a sobre (sustantivo) y sobrescrito"Moenia 7, 343-370. Un artículo de la misma autora sobre un tema relacionado puede leerse aquí
¿Has recibido cartas como las de antes, que siempre se encabezaban con una cruz en el centro de la primera línea? ¿Qué aspecto del lenguaje epistolar te parece lingüísticamente más interesante? Estimado lector: por la presente te ruego escribas un comentario.

domingo, 27 de enero de 2013

Ikea en la Historia de la Lengua Española


Sé que son palabras suecas, porque Ikea es sueca. Pero... ¿no parece que Ikea es el sitio ideal para aprender y repasar cosas de Historia del español? ¿No es sospechoso que se empeñen en utilizar la excusa del sueco para que aprendamos más de la lengua antigua? ¿Es que son, veladamente, admiradores del Manual de gramática histórica pidalino? Veamos:
Aína, un cojín con prisa
-Esta es la funda de cojín rosa AINA. Por 5,99 pones en tu casa al adverbio medieval castellano que significaba ‘de prisa, pronto’  (del latín vulgar AGINA, ‘actividad, prisa’) y que estaba ya anticuado en el siglo XVII. Sin duda, un estilo retro en tu decoración.
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Sé que son palabras suecas, porque Ikea es sueca. Pero... ¿no parece que Ikea es el sitio ideal para aprender y repasar cosas de Historia del español? ¿No es sospechoso que se empeñen en utilizar la excusa del sueco para que aprendamos más de la lengua antigua? ¿Es que son, veladamente, admiradores del Manual de gramática histórica pidalino? Veamos:
Aína, un cojín con prisa
-Esta es la funda de cojín rosa AINA. Por 5,99 pones en tu casa al adverbio medieval castellano que significaba ‘de prisa, pronto’  (del latín vulgar AGINA, ‘actividad, prisa’) y que estaba ya anticuado en el siglo XVII. Sin duda, un estilo retro en tu decoración.