viernes, 14 de septiembre de 2018

Generosa Salamanca


Hay ciudades que he visitado más por trabajo que en mi tiempo libre y de las que tengo muchos recuerdos filológicos. De todas las ciudades españolas, y después, obviamente, de Sevilla, para mí Salamanca es mi lugar filológico. Y lo es por razones exclusivamente personales. Cuando el ingreso como profesor titular se hacía por una acreditación a partir de tres exámenes orales en la ciudad de España donde por sorteo tocase cada año, yo me presenté a las oposiciones a titular en la ciudad de Salamanca. Eso fue de febrero a mayo de 2007 y cada viaje desde Sevilla hacia arriba por la Vía de la Plata implicaba que había pasado el examen anterior. Ahora recuerdo con más ternura que inquietud el miedo antes de cada prueba, cuando esperaba a que me llamaran para actuar en esa aula del Palacio Anaya que está de fondo en la foto.  Volver a Salamanca tiene para mí desde entonces ese recuerdo asociado a la oposición en que me hice funcionaria.
El caso es que septiempre ha comenzado de manera muy salmantina para mí, porque un grupo de ocho miembros de nuestro proyecto de investigación, Historia15, hemos participado en el interesantísimo  Congreso de la Sociedad Española de Estudios Medievales y Renacentistas (Semyr). En concreto, hemos asistido los doctorandos Inés Navarro di Meo y Ana Romera Manzanares y los doctores Blanca Garrido Martín, Jaime González Gómez, Marta López Izquierdo, Álvaro Octavio de Toledo, Consuelo Villacorta, así como esta que escribe.
Bajo el panel de título “La escritura elaborada en español de la Baja Edad Media al Renacimiento” nos hemos ocupado de variantes textuales que se ponen al servicio de la investigación lingüística. Hemos estado por Salamanca, hemos disfrutado del congreso, hemos oído un recital del Poema de Fernán González hecho por Antonio Rossell y hemos contactado con medievalistas de literatura. Aproveché para fotografiar paisaje lingüístico tan curioso como este:
Niños expósitos.
Calle Tentenecio. Pienso mandar a esa calle a mucha gente

Cuando veo que nuestros estudiantes de grado se hacen los viajes de fin de carrera a alguna playa perdida pienso que un gran viaje filológico sería ir de Sevilla a Salamanca, y de Salamanca a Italia, como fue Nebrija, y de allí a cualquier lugar donde se celebre la filología con generosidad.
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Hay ciudades que he visitado más por trabajo que en mi tiempo libre y de las que tengo muchos recuerdos filológicos. De todas las ciudades españolas, y después, obviamente, de Sevilla, para mí Salamanca es mi lugar filológico. Y lo es por razones exclusivamente personales. Cuando el ingreso como profesor titular se hacía por una acreditación a partir de tres exámenes orales en la ciudad de España donde por sorteo tocase cada año, yo me presenté a las oposiciones a titular en la ciudad de Salamanca. Eso fue de febrero a mayo de 2007 y cada viaje desde Sevilla hacia arriba por la Vía de la Plata implicaba que había pasado el examen anterior. Ahora recuerdo con más ternura que inquietud el miedo antes de cada prueba, cuando esperaba a que me llamaran para actuar en esa aula del Palacio Anaya que está de fondo en la foto.  Volver a Salamanca tiene para mí desde entonces ese recuerdo asociado a la oposición en que me hice funcionaria.
El caso es que septiempre ha comenzado de manera muy salmantina para mí, porque un grupo de ocho miembros de nuestro proyecto de investigación, Historia15, hemos participado en el interesantísimo  Congreso de la Sociedad Española de Estudios Medievales y Renacentistas (Semyr). En concreto, hemos asistido los doctorandos Inés Navarro di Meo y Ana Romera Manzanares y los doctores Blanca Garrido Martín, Jaime González Gómez, Marta López Izquierdo, Álvaro Octavio de Toledo, Consuelo Villacorta, así como esta que escribe.
Bajo el panel de título “La escritura elaborada en español de la Baja Edad Media al Renacimiento” nos hemos ocupado de variantes textuales que se ponen al servicio de la investigación lingüística. Hemos estado por Salamanca, hemos disfrutado del congreso, hemos oído un recital del Poema de Fernán González hecho por Antonio Rossell y hemos contactado con medievalistas de literatura. Aproveché para fotografiar paisaje lingüístico tan curioso como este:
Niños expósitos.
Calle Tentenecio. Pienso mandar a esa calle a mucha gente

Cuando veo que nuestros estudiantes de grado se hacen los viajes de fin de carrera a alguna playa perdida pienso que un gran viaje filológico sería ir de Sevilla a Salamanca, y de Salamanca a Italia, como fue Nebrija, y de allí a cualquier lugar donde se celebre la filología con generosidad.

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